Los
Tuzos de Pachuca desde hace 16 meses llevan
muy buena racha, lo que los ha puesto en el
primer lugar en México
MÉXICO
-- Sí, muy bueno. Aplausos merecidos:
clap, clap y más clap. Pero, ojo, si
el Pachuca quiere incrustarse con letras de
oro en la historia del fútbol mundial,
esto apenas es el inicio.
Durante unos días lloverá incienso
sobre el Pachuca de México (con repercusiones
nacionales e internacionales). La FIFA lo colocará
como el mejor de México; Jorge Vergara
guardará silencio, sin reconocer que
los Tuzos son los mejores de México y
sin querer entender que los jóvenes ganan
partidos, pero los experimentados (Calero, el
Chaco Giménez, Chitiva, Correa, Damián
Álvarez, Cacho, etcétera) ganan
campeonatos; las planas de los diarios se llenarán
de declaraciones elogiosas; los encabezados
de los diarios gastarán tinta e ingenio
para usar la frase más onomatopéyica;
los programas de radio y televisión levantarán
olas a los héroes...
Eso es el exterior. En el interior, directiva,
cuerpo técnico y jugadores del Pachuca
tendrán que darse cuenta que hay que
plantar bien los pies en la tierra para seguir
mirando hacia el cielo sin caerse.
Los equipos de época son insaciables.
Los grandes equipos no piensan en pequeño.
Plantean siempre nuevas metas. Si Pachuca ya
tomó la ruta directa para convertirse
en uno de los cuadros históricos del
fútbol mundial, hay que volver a poner
firmes los objetivos en el vestidor.
Son días de celebración, claro.
Pero también días de profundas
reflexiones sobre los éxitos conseguidos
y lo que resta por escribir en el libro de las
hazañas propias.
El Pachuca, que en este momento es el mejor
equipo de la zona Norte, Centroamericana y del
Caribe (porque en México, en el torneo
de la Concacaf y ahora en el negocio denominado
Súper Liga es el campeón), tiene
que apuntar hacia metas más elevadas,
de acuerdo a la dinámica propia que lleva
desde su refundación. No olvidemos que
es el equipo más viejo de México.
En Pachuca nació a principios del siglo
pasado el fútbol mexicano, con los mineros
ingleses que vinieron a catequizarnos en el
arte de pegarle con fe a la pelota. Pero este
Pachuca renació a principios de los noventa,
cuando Jesús Martínez tomó
el control accionario.
Los jugadores y el cuerpo técnico cumplen
en la cancha. Unos ponen su talento, otros su
esfuerzo y, todos, su determinación para
alcanzar el objetivo de levantar el trofeo,
tal como lo han hecho cinco veces en los últimos
16 meses.
Este Pachuca ya es un equipo de época,
como el Campeonísimo de finales de los
cincuenta y principios de los sesenta, como
el Cruz Azul de los setenta, el América
de los ochenta, el Necaxa de los noventa y el
Toluca de finales de los noventa y principios
del siglo 21.
Pero ahora entran a su fase de riesgo. Si ya
saciaron todos sus apetitos de gloria, comenzarán
a derrumbarse los logros, como le pasó
al Necaxa, que de ser "el equipo de la
década" terminó en una patética
mediocridad de la cual no puede salir.
La directiva hidalguense tiene la enorme responsabilidad
de replantear metas, de ilusionar de nuevo a
su plantel para alcanzar otros objetivos de
mediano y largo plazos.
Jesús Martínez, Andrés
Farsi y los demás socios de la directiva
no deben perder de vista los siguientes objetivos:
ganar el Campeonato Mundial de Clubes en diciembre,
en Japón, y luego buscar ser el primer
equipo mexicano en conquistar la Copa Libertadores
de América.
Y también tendrán que pensar en
un meta más mundana pero igual de necesaria,
que no será una obra de ornato, sino
la exposición de motivos para entender
pasado, presente y futuro del club: crear una
sala de trofeos digna del mejor equipo de los
últimos años. La actual ya quedó
pequeña. Están amontonándose
trozos de una historia que debe contarse con
calma, creando espacios para un mayor recorrido
y dejando espacios para las leyendas que se
están creando en el campo. Un espacio
que corresponda a su actual tamaño como
equipo de época.
Es una realidad: el Pachuca ya se coló
entre los grandes e históricos del fútbol
mexicano, como Chivas, América, cruz
Azul y Toluca. Pero sus cinco campeonatos de
liga aún están lejos de los 11
del Guadalajara, aunque cerca de los 8 del Toluca,
los nueve de Cruz Azul y los 10 del América.
Un propósito que debe animar a la directiva
es alcanzar a Chivas en los próximos
20 torneos, es decir, para el año 2017,
aprovechando que Jorge Vergara está más
ocupado en construir su estadio, en vender a
una figura cada seis meses y en no reforzar
a su plantel porque piensa que los jóvenes
son presente, cuando generalmente son futuro.
Pachuca los aventaja a todos en un logro: tiene
la estrella dorada de la Copa Sudamericana,
que ganó en la propia cancha del Colo
Colo y que ha sido una de las páginas
más gloriosas en la historia de clubes
mexicanos a nivel internacional.
Pero todo lo conseguido es apenas el principio
de su verdadera misión: la grandeza institucional.
Así es como se construyen los equipos
históricos: con triunfos, que son la
consecuencia del buen quehacer en casa.
Los trofeos se levantan en la cancha, después
de un partido, pero se ganan en el trabajo cotidiano,
en la forma en que se enfoque la meta profesional
que mueve y hace palpitar los corazones de sus
integrantes.
A diferencia del actual Sevilla, cuya página
más brillante se debe a la sapiencia
del técnico Juande Ramos, en este Pachuca
los entrenadores han jugado un papel importante
pero no definitivo. También los jugadores
han cumplido épocas, pero salvo Gabriel
Caballero, que lleva a cuestas todos los trofeos,
los demás han sido piezas intercambiables
de un gran funcionamiento.
Pachuca se coronó en México con
Javier Aguirre, Alfredo Tena, Víctor
Manuel Vucetich, José Luis Trejo y Enrique
Meza, aunque con éste último se
ha vivido la parte más luminosa del palmarés
de los Tuzos, ya que ha levando el trofeo de
liga, la Copa de la Concacaf, la Sudamericana
y ahora la SuperLiga.
Es tiempo de festejos, sí, pero también
de una visionaria planeación del futuro.
El pasado ya está, los trofeos igual.
Ahora hay que continuar persiguiendo sueños,
que esos son los que alimental el alma de la
felicidad.